
Macedonio Fernández
Hasta hace muy poco tiempo Macedonio Fernández (1874–1952) era una leyenda de contornos imprecisos. Citado en más de una ocasión por Borges como maestro verbal, la escasa obra publicada en vida (No todo es vigilia la de los ojos abiertos, 1928; Papeles de Reciénvenido, 1929; y Una novela que comienza, 1941) fomentaba ese fenómeno. La aparición de un par de recopilaciones de difusión masiva en la década del 60, y sobre todo de algunos de sus volúmenes de sus Obras completas han ido permitiendo elaborar una imagen más justa y concreta, que lo coloca junto a autores como Roberto Arlt, Juan L. Ortiz o Jorge Luis Borges dentro de un campo fundamental para comprender no sólo la literatura sino también la cultura argentina. Su seudonovela Museo de la novela de la Eterna (1967) transforma en tímidos ensayos formales a muchos de los ejemplos más experimentales del boom latinoamericano. En su mayor parte su obra es un mar de corrientes opuestas, de zonas obscuras, de textos que están a medio camino del ensayo, el cuento o la miscelánea, y que brindan una sensación permanente de goce, de humor, de sabiduría y de cortesía por el lector. Es de destacar que sus textos más "terminados" y por lo tanto tal vez menos macedónicos, son justamente los que más se acercan a la literatura fantástica. Aparte del que incluimos pueden citarse "El zapallo que se hizo Cosmos", "Tantalia", "Donde Solanos Reyes era un vencido y sufría dos derrotas cada día", "Un paciente en disminución ".
CIRUGÍA PSÍQUICA DE EXTIRPACIÓN
Se ve a un hombre
haciendo su vida cotidiana de la mañana en un recinto cerrado. Es el herrero
Cósimo Schmitz, aquél a quien en célebre sesión quirúrgica ante inmenso público
le fue extirpado el sentimiento de futuridad, dejándosele prudencialmente, es
cierto (como se hace ahora en la extirpación de las amígdalas, luego de
reiteradamente observada la nocividad de la extirpación total), un resto de
perceptividad del futuro para una anticipación de ocho minutos. Ocho minutos
marcan el alcance máximo de previsibilidad, de su miedo o esperanza de los
acontecimientos. Ocho minutos antes de que se desencadene el ciclón percibe el
significado de los fenómenos de la atmósfera que lo anuncian, pues aunque posea
la percepción externa e interna carece del sentido del futuro, es decir de la
correlación de los hechos: siente pero no prevé.
Y contémplasele, con
agrado, levantarse, lavarse, preparar el mate; luego se distrae con un diario,
más tarde se sirve el desayuno, arregla una cortina, endereza una llave,
escucha un momento la radio, lee unos apuntes en un libreta, altera ciertas
disposiciones dentro de su habitación, escribe algo, alimenta a un pájaro,
quédase un momento aparentemente adormilado en un sillón; luego arregla su cama
y la tiende; llega el mediodía, ha terminado su mañana.
Sacuden fuertemente su
puerta, la abren con ruido de fuertes llaves, y aparecénsele tres carceleros o
guardias y que se apoderan
violentamente de él, pero sin resistencia1. (Comprenderéis que la
mañana cotidiana que estaba pasando transcurre en un calabozo.) Se queda muy
asombrado y sigue donde ellos lo llevan; pero al punto de entrar en un gran
salón se presenta en su espíritu la representación detallada de una sala con
jueces, un sacerdote, un médico y parientes, y a un costado la gran máquina de
electrocución. En ese lapso de los ocho minutos de futuro previsible, recuerda
y prevé que se le había notificado la sentencia de muerte el día antes y que
aquella máquina lo esperaba para ajusticiarlo.
Recuerda también que un
tiempo antes, cierta tarde recurrió a un famoso profesor de psicología para que
le extirpara el recuerdo de ciertos actos y más que todo el pensamiento de las
consecuencias previsibles de esos actos; había asesinado a su familia y quería
olvidar el posible castigo. ¿Qué ganaría con huir, si el temor lo turbaba
incesantemente? Y el famoso especialista no había logrado producir el olvido,
pero sí reducir el futuro a un casi presente. Y Cósimo andaba por el mundo sin
sentido de la esperanza, pero también sin sentido del temor.
El futuro no vive, no
existe para Cósimo Schmitz, el herrero, no le da alegría ni temor. El pasado,
ausente el futuro, también palidece, porque la memoria apenas sirve; pero qué
intenso, total, eterno el presente, no distraído en visiones ni imágenes de lo
que ha de venir, ni en el pensamiento de que en seguida todo habrá pasado.
Vivacidad, colorido,
fuerza, delicia, exaltación de cada segundo de un presente en que está excluida
toda mezcla así de recuerdos como de previsión; presente deslumbrador cuyos
minutos valen por horas. En verdad no hay humano, salvo en los primeros meses
de la infancia, que tenga noción remota de lo que es un presente sin memoria
ni previsión; ni el amor ni la pasión, ni el viaje, ni la maravilla asumen la
intensidad del tropel sensual de la infinita simultaneidad de estados del
privilegiado del presente, prototípica, sin recuerdos ni presentimientos, sin
sus inhibiciones o exhortaciones. Esta compensación es lo que alegaba, en
explicaciones que nos dio, el famoso profesor; para superar a las desventajas
que resultaban de su operación. Es así que Cósimo vivía en el embelesamiento
constante, total y continuo, y se compadecía del apagado vivir y gustar lo
actual de las gentes.
Conmueve verlo en el
embebecimiento de cada matiz del día o la luna, en el deslumbre de cada
instante del deseo, de la contemplación. Es el adorador, el amante del mundo.
Tan todo es su instante que nada se altera, todo es eterno, y la cosa más
incolora es infinita en sugestión y profundidad.
Todo tenso y a la vez
transparente, porque mira cada árbol y cada sombra con todas las luces de su
alma; sin cuidados, sin distracción. La palabra se retrasa; rige la
inefabilidad de lo que se agolpa y renueva irretenible.
1 Lo que hace los cuentos son las y. Los cuentos
simples de apretado narrar eran buenos. Pero arruinó el género la invención de
que había un "saber contar". Se decidió que quien sabía contar era un
tal Maupassant. Y desapareció el perfecto cuento de antes; y el invocado
Maupassant contaba como antes, ¡bien!
A mí, que lo cuento, me
enternece contemplar el dulce y menudo vivir la mañana del pobre Cósimo
Schmitz, un automatista de la dicha sorbo a sorbo, un cenestésico.
Siento que las cosas
haya sucedido así; como psicólogo psicológico, no psicofisiológico, concibo
perfectamente obtener el mismo resultado, sea de desmemoria, sea de
desprevisión, sin necesidad de la aparatosa, biológicamente cara, extirpación
quirúrgica, que, como toda intervención química, clínica, dietética o
climática en los gustos y espontaneidades con que nacemos, es una universal
ruinosa ilusión. Para no prever, hasta desmemoriarse, y para desmemoriarse del
todo basta suspender todo pensamiento sobre lo pasado.
Así, pues, querido
lector, si este cuento no te gusta, ya sabes cómo olvidarlo. ¿Quizá no lo
sabías y sin saberlo no hubieras podido olvidarlo nunca?
Ya ves que éste es un
cuento con mucho lector, pero también con mucho autor, pues que os facilita
olvidar sus invenciones.
Extinguida pues su
disponibilidad conciencial de previsión para ocho minutos, percibe la
actualidad de que están atándolo a la máquina, pero no prevé el minuto
siguiente en que será fulminado. El ritmo conciencial de las actitudes de
previdencia es turnante o cíclico, no es continuo (aparte de que por el
abandono deliberado del ejercicio de prever cada vez vive más en presente
total, cada vez existe menos el instante que viene), y fuera de que tampoco es
continuo en una conciencia que no ha sufrido la técnica de ablación conciencial
hoy ya tan en uso y con tanto éxito del doctor Desfuturante. (Seudónimo del
bien conocido médico Extirpio Temporalis; en que también se oculta, pues su
verdadero nombre es Excisio Aporvenius, que tampoco es definitivo porque el
verdaderamente verdadero de sus nombres es el de Pedro Gutiérrez. Denuncio, por
lo demás, y a pesar de lo encantador de la acción de este cirujano, que se apropia
de todos los porvenires que extirpe, con lo que ocurrirá que ningún
contemporáneo tendrá el gusto de asistir a sus funerales.)2
Informo de paso –dato útil
para el lector– que el Doctor Desfuturante tiene una esperanza de perfeccionar
la operatividad psicoextirpativa del gran capítulo de la nueva Cirugía
Conciencial, extendiéndola a la extirpación de pasado. Cuando esto se cumpla y
lo aprovechen todos los que quisieren no haber vivido jamás ciertos hechos,
quizá un buen cuento –ojalá éste lo fuera, ojalá lo eligierais–sería suficiente
recreo para olvidarlo todo a lo largo de la vida. El lector desfuturado y
también desanteriorizado viviría así a cada momento en el volver a leer mi
cuento, me sería deudor del privilegio dignificante de ser persona de vivir de
un solo cuento.
Dejo la pluma al lector
para que escriba para sí lo que yo no sabré describir: la locura, el espanto,
el desmayo, el estrujarse por el desasimiento mientras es arrastrado, el horror
de ser sentado en aquella silla y maniatado; y en ese rostro, en su semblante,
la aparición de una aurora de felicidad, de paz, por haberse agotado los ocho
minutos de percepción de futuridad: dos minutos antes de expirar ajusticiado
cesa su representación.
2 ¿Es artístico aprovechar este momento, como todo
el que se preste, para insertar cuanta comparación o analogía acuda a la
mente, por ejemplo que el doctor hacía en este caso lo que el sastre con el
cliente que se va con la ropa nueva puesta y tira la vieja? Porque para la
literatura de todos los tiempos la comparación tiene un uso tan frecuente que
se podría decir, en lugar de "está escribiendo": "está
comparando".
(Como el terror vive de
lo que va a suceder, agotado el turno de ocho minutos de previsión, se queda
sonriente, tranquilo, sentado en la silla eléctrica, y en ese estado es
fulminado. Porque como acaso no lo hemos dicho y lo requiere urgentemente la
composición inventiva de esta narrativa, la impulsión previdente de ocho
minutos era seguida de una pausa de otros tantos minutos de absoluto reino del
presente; es así que la víctima de la máquina de electrocución, y nuestra
víctima también, pereció con la más plácida de las sonrisas.)
¿Será el lector el Poe
que yo no alcanzo a ser en este trance espantador, seguido de beatitud? (¿Y es
artístico describir con palabras y gesticulaciones en textos literarios?)
Está muerto ahora sin
haber experimentado el tormento agónico, sin ninguna pena, sin ningún esfuerzo
de evasión, como si fuera a comenzar una mañana cotidiana de su eternidad de
presente.
Yace Cósimo Schmitz
muerto, y quince días después el Tribunal hace la declaración rehabilitante
siguiente:
"Un conjunto de
fatalidades sutilísimas que ha obnubilado la mente de este tribunal lo ha
incurso en un fatal error sumamente lacerante. El infeliz Cósimo Schmitz era un
espíritu inquietísimo y afanoso de probar toda novedad mecánica, química,
terapéutica, psicológica que se da en el mundo; y así fue que un día se hizo
tratar, hace quince años, por el aventurero y un tiempo celebrado sabio Jonatan
Demetrius, que sin embargo de su cinismo efectivamente había hecho un gran
descubrimiento en histología y fisiología cerebral y lograba realmente por una
operación de su creación, cambiar el pasado de las personas que estuvieran
desconformes con el propio.3
"A su consultorio
cayó el ávido de novedades Cósimo Schmitz, infeliz; protestó de su pasado vacío
y rogó a Demetrius que le diera un pasado dé filibustero de lo más audaz y
siniestro, pues durante cuarenta años se había levantado todos los días a la
misma hora en la misma casa, hecho todos los días lo mismo y acostádose todas
las noches a igual hora, por lo que estaba enfermo de monotonía total del
pasado.
3 Con perdón del Tribunal aporto esta pregunta de
colaboración científica: ¿trasplantándoles tejidos corticales de individuos alegres?
Tal técnica sería muy eficaz, pero por ciertos rasgos se ha prohibido destapar
simultáneamente cierto número de cráneos, pues en la precipitada adjudicación
de nuevas conciencias podría haber equivocaciones –como ha ocurrido– y que a
quien no quisiera tener futuro le trasplantaran uno de un siglo.
En fin, podría citar a
Ramón y Cajal, pero con Ramón y Cajal no basta; hay muchos otros autores y
cansaría mucho al lector, aparte de que no me gusta mucho que en unas pocas
páginas el lector termine sabiendo más que yo.
El respetable Tribunal me
observa que mal puedo controvertir el orden o idoneidad de sus considerandos,
cuando yo presento la más enrevesada serie narrativa y digo lo primero al
último y lo último al principio. Admito; ¿pero no se advierte que la técnica
de narrar a tiempo contrario, cambiando el orden de las piezas de tiempo que
configuran mi relato, despertará en el lector una lúcida confusión, diremos,
que lo sensibilizará extraordinariamente para simpatizar y sentir en el
enrevesado tramo de existencia de Cósimo? Sería un fracaso que el lector
leyera claramente cuando mi intento artístico va a que el lector se contagie de
un estado de confusión.
"Desde allí salió
operado con la conciencia añadida, intercalada a sus vaguedades de recuerdo,
de haber sido el asesino de toda su familia, lo que lo divirtió mucho durante
algunos años pero después se le tornó atormentador. Cumple al tribunal en este
punto manifestar que la familia de Cósimo Schmitz existe, sana, íntegra, pero
que huyó colectivamente atemorizada por ciertas señas de vesania en Schmitz,
ocurriendo esto en una lejana llanura de Alaska; de allí provino a este
tribunal la información de un asesinato múltiple que no existió jamás.
"Confiesa, pues, el
Tribunal, que si Cósimo Schmitz fue un total equivocado en sus aventuras
quirúrgicas, más lo ha sido el tribunal en la investigación y sentencia del
terrible e inexistente delito que él confesaba."
Pobre Cósimo Schmitz,
pobre el Tribunal de Alta Caledonia.
Vivir en recuerdo lo que
no se vivió nunca en emoción ni en visión; tener un pasado que no fue un
presente4. Oh! aquel día, entre pavor y delicia con qué pulso apretó
el arma. ¡Toda su familia!
Hasta los cuarenta años,
un pasado, ahora otro, la memoria de otro ser bajo las mismas formas del
cuerpo. Quizá más tarde, tampoco este presente habrá sido nunca suyo.
Tendrá, con un nuevo
toque en su mente ya dócil, otra fragilidad de haber sido; un héroe, un químico;
moverá los brazos de cuando exploraba el Sudán o Samoa.
Jonatan Demetrius,
enamorado de toda felicidad, plástico de las dichas, de dar recuerdos amorosos
a los que fueron presentes de lágrima, con suave ciencia y dulce ternura se
ingeniaba en la adivinación de cada alma.
–¿Qué es lo que usted
desea? –Y leíale a Cósimo las páginas más terribles del filibustero Drake, de
Morgan, o del amante de
–Yo preferiría haber sido...
–Lo será.
Pobre Cósimo Schmitz; ¿no
habrá una tercera cirugía, después de dos tan siniestras, que lo resucite? Ah,
no –exclama
Como no se ha encontrado
hasta ahora en las más pacientes investigaciones que hubiera algún remedio que
con toda seguridad fuera más benéfico que destructor, es el caso de moralizar
en este momento de este cuento acerca de la inevitable debilidad de
las ingeniosidades humanas con el ejemplo de los deslum-
4 Estamos bastante descorteses en este retomar la
pluma después de habérsela pasado al lector. El mundo no tiene al lector de un
solo cuento; inmensa dignidad; pero tampoco al mágico autor de un cuento de
solo de él vivir. Yo lejos de soñarme, y menos con la muestra de éste,
investido de la dignidad máxima de autor de aquel cuento único, he aspirado
modestamente sí a vivir de un solo cuento; quizá no lo he logrado. Desprendido
ahora ante el lector de toda vanidad en este encantador aspecto, admito que por
momento he creído advertir en este escrito mío algo muy parecido a cuento
dejado de contar. Pero me decide a publicarlo, no obstante, su alto valor
científico. Además, no confunda, lector, cuento dejado de contar con lo que
resulta de un no seguido contar.
Tristes tú y yo, Lector;
si tuviste de mí el cuento de vivir solo de él ni tuve yo
bradores procedimientos del gran científico
Doctor Desnaturante, en cuya aplicación, como se ve, la conveniencia de
eximirnos de todo género de temores vagos remotos y agitantes esperanzas
remotas, tiene el inconveniente de la turnación de pausa tras esos ocho minutos
de previdencia, ante los cuales, suspensa toda previsibilidad, el paciente
tratado no prevé ni siquiera que el tren que viene a diez metros de él por la
vía en que camina lo matará en tres segundos.5
Al lector le toca, ahora
que yo he cumplido con todo, cumplir con su deber; debe hacer como que cree.6
5 Porque hay apendicectomías que propenden a graves
accidentes, la extirpación de las amígdalas predispone a la poliomielitis, los
auges de las dosis masivas, la insulina, el iodo, engruesan las cifras de la
mortalidad, y de toda la intervención quirúrgica queda pendiente por obra de
los analgésicos que desoxigenan la sangre numerosas muertes repentinas por
embolias. Las estadísticas inglesas demuestran que ocurren allí más muertes
por la vacunación que por la viruela; tenemos también la bancarrota del suero
Behring y quizá la del suero antirrábico. Parece, lector, que a compás de la
lectura nos estamos instruyendo bastante. Pero a usted al agradecerlo se
reservará pensar que la instrucción es buena, pero la digresión es mala,
lamentable defectillo de tan nutrida información. Yo no veo por qué una
digresión, aun en un cuento y aun científica, está mal después de los novelones
habituales, en que se llenan capítulos con historia literaria, crítica
pictórica, análisis de sinfonías, salvaciones sociológicas. (Todo esto, entre
descripciones de mobiliarios y
6 Ya dije que lo único que no me he propuesto es el "saber contar"; el "bien contar" que se descubrió en tiempos de Maupassant, después de quien ya nadie narró bien, es una farsa a la cual el lector hace la "farsa de creer". Fatuo academismo es creer en el Cuento; fuera de los niños nadie cree. El tema o problema sí interesa. No hay éxito para la tentativa ilusoria y subalterna del hacer creer, para lo cual se pretende que hay un saber contar. Mi sistema de interponer notas al pie de página, de digresiones y paréntesis, es una aplicación concienzuda de la teoría que tengo de que el cuento (como la música) escuchado con desatención se graba más. Y yo hago como he visto hacer en familias burguesas cuando alguna persona se sienta al piano y dice a los concurrentes, por una norma social repetidamente observada, que si no prosiguen conversando mientras toca suspenderá la ejecución. En suma: hace una cortesía a que ella misma invita. Hago lo mismo con estas digresiones, desviaciones, notas marginales, paréntesis a los paréntesis y alguna incoherencia quizá, pero la continuidad de la narrativa la salvo con el uso sistemático de frecuentes y, y confieso que lo único que me sería penoso que no me aplaudan es este sistema que propongo y cumplo acá. Es imposible tomar en serio un cuento, me parece infantil el género, pero no por eso resulta que éste sea burla de cuento, porque mi sistema digresivo ya lo dejo defendido y la continuidad y apretado narrar me preocupo hacerlos lucir mediante las y. Las y y los ya hacen narrativa a cualquier sucesión de palabras, todo lo hilvanan y "precipitan". Entre tanto, sin decirlo, me estoy declarando escritor para el lector salteado, pues mientras otros escritores tienen verdadero afán por ser leídos atentamente, yo en cambio escribo desatentamente, no por desinterés, sino porque exploto la idiosincrasia que creo haber descubierto en la psique de oyente o leyente, que tiene el efecto de grabar más las melodías o los caracteres o sucesos, con tal que unas y otros sean intensos, dificultando al oidor o lector la audición o lectura seguidas.







































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ESTA BUENO la rev......
soy un amante del ate posmoderno